Las palabras dichas suelen perderse en el ruido del tiempo.
Lo escrito, en cambio, permanece.

Cada texto que aquí comparto nace con la intención de quedar, de acompañar al lector más allá del instante, de ofrecer un espacio de reflexión que pueda ser visitado una y otra vez, con nuevas miradas y nuevas preguntas.

Leer es detenerse. Es permitir que lo escrito siga viviendo en quien lo recibe.

No Eres Para Todos (Y Eso Está Bien).

febrero 23, 2026


En un mundo donde parecería obligatorio agradar, encajar y cumplir expectativas ajenas, olvidamos algo esencial: no vinimos a gustarle a todos. Este escrito es una invitación a soltar la necesidad de aprobación y abrazar con serenidad nuestra propia esencia.

Deja que les desagrades. No tienes que caerle bien a todo el mundo.

Algunos prefieren el café, otros solo beben agua. Eso no significa que el té tenga algo malo. Es simplemente té. Y nunca estuvo destinado a gustarle a todos.

Lo mismo ocurre contigo. No tienes que ser del agrado universal, porque cada persona tiene gustos, historias y preferencias distintas. No siempre serás “lo suficientemente bueno” a los ojos de alguien. Y no porque tengas defectos o estés equivocado, sino porque no eres lo que esa persona esperaba. No eres su tipo. No encajas en su molde. Y eso es normal.

No necesitas convertirte en alguien que todos aprueben. No necesitas forzarte a encajar en expectativas ajenas. No pasa nada si alguien te define desde sus suposiciones o decide que no le agradas. Porque, hagas lo que hagas, siempre habrá algo que decir. Siempre habrá opiniones. Siempre habrá quien encuentre razones para no elegirte o para malinterpretarte.

Incluso habrá personas que decidirán que no les caes bien sin siquiera conocerte.

Basta observar los comentarios bajo cualquier video en redes: desconocidos que, desde una pantalla, juzgan vidas que no comprenden. Si alguien puede desagradarle a otro sin haber cruzado jamás palabra, imagina lo natural que es que ocurra lo mismo en la vida real.

Y aun cuando seas amable. Aun cuando midas tus palabras. Aun cuando actúes con respeto. Habrá quienes simplemente no conecten contigo. No porque estés mal. Sino porque no eres de su gusto. Este mundo está lleno de personas a las que no les agradarás, hagas lo que hagas. Y eso no es un problema. Es una realidad humana. No viniste a gustarle a todo el mundo. Viniste a ser quién eres.

Recuerda esto:
El té nunca se ha disculpado por no ser café. No cambia su sabor para convencer a quienes prefieren otra cosa. Sigue siendo té. Y quien ama el té lo elige sin que nadie tenga que persuadirlo. No necesitas llenar tu taza con algo diferente para complacer el paladar de otros.

Deja que pasen de largo.
Deja que no te elijan.
Deja que no conecten.
Porque no eres para todos. Y nunca tuviste que serlo.

La verdadera libertad comienza cuando dejamos de negociar nuestra esencia por aprobación. Cuando entendemos que no ser para todos no es rechazo, es autenticidad.

La paz no llega cuando todos te aprueban, sino cuando tú ya no necesitas que lo hagan.

Con gratitud,

Patricio Varsariah

 

La Mujer No Tiene Fecha de Caducidad.

febrero 23, 2026

Que este escrito siga sembrando preguntas donde antes solo había costumbre.

Durante generaciones, muchas mujeres han sido medidas por un calendario que no eligieron. Este escrito no pretende confrontar, sino invitar a una reflexión honesta: ¿desde cuándo la vida de una mujer se resume en un anillo y una fecha? Tal vez sea momento de revisar los relojes que heredamos y preguntarnos si todavía marcan la hora correcta.

Este escrito sobre la mujer tiene una intención muy clara: no busco criticar, juzgar ni convencer. Busco sembrar una interrogación serena en el corazón de quien lo lea.

Desde muy joven me he hecho una pregunta que aún hoy sigue vigente:
¿Desde cuándo el matrimonio se convirtió en un logro?
¿Desde cuándo se transformó en un trofeo?

Recuerdo que, en mi pueblo, se repetían frases que parecían inofensivas, pero que pesaban como sentencia: “Eres mujer, no hombre; debes preocuparte por tu edad. Mientras más años pasen y no te hayas casado, más difícil será encontrar marido. Después, nadie te querrá”. Era como si ser mujer tuviera fecha de vencimiento. Como si existiera un límite invisible que, al cruzarse, disminuyera su valor.

A veces da la impresión de que a las mujeres se les mira como productos en una vitrina: evaluadas por su edad, por su apariencia, por cuánto tiempo han permanecido “disponibles”. Como si el tiempo, en lugar de enriquecerlas, las depreciara.

La sociedad, muchas veces sin notarlo, imprime fechas simbólicas en los cuerpos femeninos: digna o no digna, elegida o descartada. Como si su valor dependiera de la mirada ajena. Como si la validación llegara únicamente cuando alguien las escoge.

Y entonces vuelvo a preguntarme:
¿Desde cuándo el valor de una mujer depende de su estado civil?
¿Desde cuándo su vida debe ajustarse a un guion que quizá nunca escribió?
¿Desde cuándo el matrimonio se convirtió en el certificado de éxito?

La verdad es simple: no todas las mujeres sueñan con bodas. No todas crecieron imaginando vestidos blancos ni pasillos adornados. No todas nacen caminando hacia un altar.

Algunas sí desean compartir su vida con alguien, formar un hogar y criar hijos. Y ese sueño es tan legítimo como cualquier otro. Es hermoso cuando nace de la elección y no de la presión.

Pero otras mujeres sueñan distinto. Sueñan con aeropuertos y pasaportes llenos de sellos. Con proyectos propios. Con madrugadas creativas. Con silencios elegidos. Con aventuras que no caben en un molde tradicional.
Ninguno de esos sueños es menor.
Ninguno vale menos que un anillo o una ceremonia.

Por eso quizá sea momento de dejar de preguntar “¿cuándo te casas?” como si fuera un examen pendiente. Dejar de mirar el calendario como una advertencia. Dejar de cronometrar vidas que no nos pertenecen.

Las mujeres no son objetos. No son alimentos que pierden frescura. No son productos con etiqueta de vencimiento. Una mujer no caduca. No llega tarde.
Simplemente no sigue el reloj de otros.

Y cuando elige casarse, lo hace porque quiere. Y cuando elige no hacerlo, también.

Tal vez la verdadera madurez social no esté en decidir por ellas, sino en respetar que cada mujer es autora de su propio tiempo.

El valor de una mujer no se mide por un estado civil ni por una fecha en el calendario. Se mide por su conciencia, su libertad y su capacidad de elegir. Y quizá el día en que dejemos de contarle los años para empezar a respetarle las decisiones, habremos dado un paso más hacia una sociedad verdaderamente justa.

Si este escrito resonó contigo, compártelo. 

Con gratitud,

Patricio Varsariah.
 

Cuando los Sistemas Olvidan a la Vida.

febrero 23, 2026


Vivimos en la época más estructurada y organizada de la historia humana. Sin embargo, nunca como ahora tantas personas se sienten desconectadas. Este escritito es una invitación a reflexionar sobre cómo los sistemas que creamos para facilitar la vida pueden terminar dominándola, y cómo volver al equilibrio esencial.

La vida humana no comenzó con sistemas. Comenzó con la naturaleza. El aire, el agua, el suelo, los alimentos y las relaciones eran el centro de la existencia. Mucho antes de las instituciones, existía el ritmo natural de la vida.

Con el tiempo, los seres humanos crearon estructuras —sociedad, educación, religión y dinero— para organizar la convivencia y facilitar el desarrollo. Estas construcciones estaban destinadas a servir a la vida. Pero, lentamente, muchos de esos sistemas comenzaron a ocupar el centro.

Comprender esta relación nos ayuda a entender por qué el ser humano moderno, aun viviendo en la época más “avanzada” de la historia, a menudo se siente desconectado.
Los sistemas fueron creados para facilitar la vida. Cuando se vuelven más importantes que ella, surge la confusión. Cuanto más nos acercamos a la naturaleza y a la conciencia, más clara se vuelve la existencia. Todo lo demás debería ayudarnos a vivir mejor, no alejarnos de nuestra esencia.

1. Vida: el núcleo de todo. - La vida es la base. Todo sistema existe porque los humanos existen. Sin embargo, la civilización moderna con frecuencia trata la vida como algo secundario. Se sacrifica la salud por ingresos, las relaciones por estatus y la paz por productividad. Los sistemas debían servir a la vida. Hoy, muchas personas sienten que sirven a los sistemas. Cuando la vida pierde prioridad, comienza el desequilibrio.

2. Naturaleza: la maestra original. - La naturaleza es el entorno donde la vida crece y encuentra equilibrio. Proporciona alimento, ritmo y enseñanza silenciosa. Mucho antes de las aulas modernas, las estaciones enseñaban paciencia; la agricultura, esfuerzo; los ríos, continuidad. La naturaleza mantiene al ser humano arraigado. Pero los estilos de vida actuales debilitan esa conexión. Las ciudades se expanden, las pantallas sustituyen la luz solar y los entornos artificiales reemplazan los naturales.

Cuanto más nos alejamos de la naturaleza, más inquieta y confusa se vuelve la vida.

3. Sociedad: el acuerdo colectivo. - La sociedad es una estructura creada para convivir. Las normas y la cultura permiten cooperación y protección. En su forma saludable, la sociedad sostiene. En su forma desequilibrada, presiona. Las expectativas de éxito, estatus y aprobación pueden reemplazar preguntas más
profundas:
“¿Qué es significativo?”
por
“¿Qué dirán los demás?”
Cuando la aprobación pesa más que la verdad interior, la vida pierde autenticidad.

4. Educación: aprender a vivir. - La educación nació para ayudar a comprender el mundo y a uno mismo. Debería enseñar a pensar, no solo a producir. Sin embargo, gran parte de la educación moderna se centra en la productividad económica. Se prepara para carreras, pero rara vez se enseña sobre salud integral, equilibrio emocional o sabiduría práctica. Muchas personas saben cómo ganarse la vida, pero no cómo vivirla. La verdadera educación reconecta con la realidad, no nos distancia de ella.

5. Religión: la búsqueda de sentido. - La religión surgió del asombro humano ante la existencia. Fue un intento de comprender la vida, la moral y el misterio. En su expresión más elevada, fomenta compasión, humildad y disciplina interior. Pero cuando se convierte en identidad rígida más que en búsqueda sincera, puede dividir en lugar de unir. El énfasis pasa de comprender la vida a defender estructuras. La espiritualidad auténtica despierta conciencia; el dogmatismo la reduce.

6. Dinero: herramienta o gobernante. -El dinero nació como medio de intercambio, una herramienta para facilitar el comercio. Hoy, con frecuencia se ha convertido en medida central del éxito, la seguridad y el valor personal. Decisiones sobre educación, profesión y estilo de vida giran alrededor de los ingresos. El problema no es el dinero.
El problema es cuando se convierte en propósito. Cuando el dinero lidera, la vida sigue.
Y cuando la vida sigue al dinero, el bienestar y la naturaleza suelen quedar atrás.

El desequilibrio moderno. Individualmente, ninguno de estos sistemas es dañino. Sociedad, educación, religión y dinero pueden servir al bienestar humano. El problema surge cuando dominan el fundamento natural de la vida. Entonces ocurre algo paradójico:
Trabajamos más, pero vivimos menos.
Ganamos más, pero nos sentimos menos satisfechos.
Sabemos más, pero cultivamos menos sabiduría.
Construimos sociedades más grandes, pero debilitamos la conexión humana.
Estamos rodeados de estructuras, pero muchos se sienten vacíos.

El regreso al equilibrio. La solución no es rechazar los sistemas. Son parte de la civilización humana.
La verdadera necesidad es el equilibrio.
La vida debe permanecer en el centro.
La naturaleza debe seguir siendo la base.
La sociedad debe apoyar, no controlar.
La educación debe formar sabiduría, no solo profesionales.
La religión debe ampliar comprensión, no crear división.
El dinero debe ser herramienta, no gobernante.

Cuando cada elemento vuelve a su lugar, la existencia recupera claridad. Y el ser humano redescubre una forma de vida más simple, más consciente y más profundamente significativa.

Tal vez el verdadero progreso no consista en construir más sistemas, sino en recordar para qué fueron creados.

La vida no necesita ser dominada. Necesita ser comprendida, cuidada y vivida.

Gracias a ti por leer.

Con gratitud,
Patricio Varsariah.
 

Dios, la Naturaleza y el Regreso a lo Esencial.

febrero 20, 2026


No suelo escribir sobre Dios ni sobre religión. Siempre he creído que la fe es un territorio íntimo, un diálogo silencioso entre el alma y su misterio. Sin embargo, un lector me preguntó qué pienso cuando escucho la palabra “Dios”. No respondo para convencer. Solo para acompañar y si estas líneas ayudan a una sola persona a escucharse mejor o a cuidar un poco más el mundo que pisa, entonces habrán cumplido su propósito.

Hay escritos que no gritan, pero se quedan. Este es uno de ellos.

Nos inclinamos ante ídolos, elevamos oraciones en templos y pronunciamos nombres sagrados. Y, sin embargo, muchas veces descuidamos aquello que nos sostiene y nos rodea: la naturaleza.

¿Y si “Dios” no fuera solo un nombre o una figura? ¿Y si fuera una presencia viva compuesta por cinco elementos eternos: ¿Tierra, Aire, Agua, Fuego y Cielo? No como metáfora religiosa, sino como realidad esencial. 

Estos cinco elementos no solo forman el mundo. Forman nuestro cuerpo.
Tus huesos nacen de la tierra.
Tu respiración es aire.
Tu energía y temperatura provienen del fuego interior.
Tu sangre es agua en movimiento.
Tu pensamiento, tu silencio, tu conciencia… habitan el espacio, el cielo interior.

No estamos separados de la naturaleza. Somos naturaleza. Cuando dañamos la tierra, dañamos nuestro cuerpo. Cuando contaminamos el agua, nos contaminamos a nosotros mismos. Cuando ensuciamos el aire, asfixiamos nuestro propio futuro.

Si algo puede llamarse eterno, es aquello que existía antes de nosotros, que nos sostiene ahora y que seguirá cuando ya no estemos.

La naturaleza cumple esa condición. Sus elementos estaban antes de la humanidad, sostienen cada forma de vida y continuarán su ciclo cuando nosotros hayamos partido.

Quizás lo divino no esté lejos. Quizás no se limite a templos, libros o rituales. Quizás esté en cada hoja, cada gota, cada rayo de sol. El universo entero puede ser el templo. Y los cinco elementos, sus manifestaciones más visibles.

No se trata de imaginar a Dios. Se trata de experimentarlo. Cuando sentimos el calor del sol, cuando escuchamos la lluvia caer, cuando respiramos aire fresco al amanecer, algo dentro se aquieta. No es casualidad. Es armonía.

Sin embargo, vivimos una paradoja moderna: 
celebramos lo sagrado mientras ignoramos el smog que respiramos;
ayunamos por bendiciones, pero agotamos la tierra con químicos;
veneramos símbolos, pero olvidamos raíces.
No es maldad. Es desconexión.

Quizás en esta era la espiritualidad más urgente no sea repetir palabras, sino despertar conciencia. Cuidar el suelo que pisamos. Proteger el agua que bebemos. Respirar con respeto. Consumir con responsabilidad.

Tal vez la verdadera adoración no consista en rezar más, sino en destruir menos. Sentarse junto a un río, caminar por un bosque o contemplar un amanecer nos devuelve algo esencial. Allí, sin discursos, nuestro cuerpo reconoce lo que es. Y en ese instante comprendemos que no estamos frente a lo divino. Estamos dentro de él.

Regresar a la naturaleza es regresar a nosotros mismos. Si deseas honrar lo sagrado —sea cual sea el nombre que le des— empieza por proteger la tierra, el aire, el agua, el fuego y el espacio que nos sostiene.

No impongo una creencia. Sugiero una conciencia. Y quizás, en ese simple gesto de respeto, comience la forma más auténtica de espiritualidad.

Con respeto por todas las creencias, y con amor por la vida que compartimos,

Patricio Varsariah.

 

Ética y valores: la verdadera medida del carácter.

febrero 20, 2026


Vivimos en una época donde el éxito suele medirse en cifras y reconocimiento. Sin embargo, pocas veces nos detenemos a preguntarnos qué sostiene realmente una vida digna. Hoy reflexionamos sobre aquello que no siempre se ve, pero que define quiénes somos: nuestros valores y nuestra ética.

En el mundo actual, acelerado y obsesionado con el éxito, los valores morales y la ética viven bajo presión constante. Se admira más la riqueza que la sabiduría. Se celebran más los resultados que los métodos. Se valora más la visibilidad que la virtud. Así se instala una mentalidad peligrosa: “Si funciona, es correcto”. Pero la historia demuestra que las sociedades no colapsan por falta de inteligencia, sino por falta de ética.

La vida humana no se define solo por lo que logramos, sino por cómo elegimos actuar cuando las decisiones se vuelven difíciles. Los valores morales son ese marco invisible que sostiene nuestro comportamiento. No buscan aplausos, pero determinan la calidad de nuestro carácter, la firmeza de nuestra conciencia y el rumbo de nuestras acciones.

Los valores morales son principios personales que orientan nuestro sentido del bien y del mal. Honestidad, empatía, responsabilidad, humildad, lealtad y respeto no son normas impuestas; son verdades interiorizadas.

Se siembran en la infancia —a través de padres, maestros y experiencias—, pero solo maduran cuando la vida nos exige practicarlos. Un niño aprende honestidad cuando se le anima a decir la verdad, incluso si implica una consecuencia. Un adulto comprende la honestidad cuando decir la verdad cuesta comodidad, dinero o aprobación.

Los valores se profundizan cuando la vida se vuelve compleja. Se convierten en brújula cuando las direcciones externas resultan confusas.

La ética es el paso siguiente: son los valores puestos en acción. Si los valores habitan en el corazón, la ética se manifiesta en el mundo real —en el trabajo, en los negocios, en la política, en la medicina, en el derecho, en nuestras relaciones diarias.

La ética formula preguntas incómodas:
¿Es justa esta decisión?
¿Perjudica a alguien, aunque sea indirectamente?
¿Me beneficio a costa de otro?

Las leyes pueden existir, pero es la ética la que decide cómo se interpretan y se cumplen.
Donde la ética se debilita, la corrupción se normaliza. Donde la ética se fortalece, la confianza se convierte en cultura.

El carácter no se prueba en la comodidad, sino bajo presión.
Es fácil ser honesto cuando no hay consecuencias.
Es fácil ser amable cuando los demás lo son.
Es fácil cumplir las reglas cuando alguien observa.

El verdadero examen ocurre cuando mentir ofrece ventaja, cuando la injusticia no nos afecta directamente, cuando nadie nos ve.

Muchas pruebas de carácter se disfrazan de oportunidades: Recortar principios para ahorrar tiempo. Aprovechar vacíos legales para beneficio propio. Guardar silencio ante lo incorrecto porque “no es asunto mío”. En cada uno de esos momentos surge una pregunta silenciosa:

¿Quién eres cuando nadie te obliga a ser correcto?

Las decisiones repetidas moldean el carácter. Una equivocación no define a una persona, pero los pequeños compromisos constantes erosionan lentamente la integridad.

La conciencia tampoco es algo terminado; se fortalece o se debilita con cada elección. Cuando ignoramos nuestros valores repetidamente, la conciencia se vuelve más silenciosa. Lo incorrecto deja de incomodar. Así es como lo poco ético se normaliza. En cambio, cuando elegimos escuchar esa voz interior —aunque nos cueste—, la conciencia se vuelve más clara y firme. No hace la vida más fácil, pero sí más auténtica. Y permite dormir en paz.

El progreso sin moral conduce a la explotación. El poder sin ética conduce a la opresión. El conocimiento sin valores conduce a la destrucción.

Los valores humanizan el éxito. La ética protege la dignidad. Juntos aseguran que el progreso no beneficie solo a unos pocos, sino a muchos.

Una persona con sólidos valores puede perder atajos, pero gana credibilidad. Una sociedad basada en la ética puede avanzar más lentamente, pero se vuelve más fuerte. A largo plazo, la confianza sobrevive al talento. Y el carácter sobrevive a los logros.

Los valores morales y la ética no son reliquias del pasado; son salvavidas en un mundo lleno de tentaciones y concesiones. Cuando las decisiones se tornan difíciles, los valores nos recuerdan quiénes somos. Y la ética nos recuerda quiénes debemos ser para los demás.

El éxito puede traer aplausos. El carácter trae respeto. Y solo una conciencia tranquila concede la paz que ningún reconocimiento puede otorgar.

Con reflexión y propósito,

Patricio Varsariah.

 

Progreso que intoxica: la economía del veneno lento.

febrero 20, 2026


Se nos habla de desarrollo, cooperación y crecimiento como si fueran verdades incuestionables. Pero no todo lo que brilla es avance, ni todo lo que se llama ayuda es justicia. 

Hoy reflexiono sobre una realidad incómoda: cuando el progreso pierde la ética, puede convertirse en una forma sofisticada de violencia silenciosa.

La economía global moderna se presenta como humana, progresista y orientada al desarrollo. Palabras como ayuda, inversión, alianza global y libre comercio circulan con generosidad en discursos y cumbres internacionales.

Sin embargo, bajo ese vocabulario refinado se esconde una realidad inquietante: muchos países pobres y en desarrollo no están siendo ayudados; están siendo lentamente debilitados —económica, física y socialmente— mientras la riqueza fluye silenciosamente de regreso al mundo desarrollado.

No es una conspiración.
Es un modelo.
Es economía.
Es progreso mal entendido.

Productos que enfrentan regulaciones estrictas o una demanda decreciente en Europa o Norteamérica encuentran nuevos mercados en África, Asia y Latinoamérica. Alimentos ultra procesados, bebidas azucaradas, tabaco, pesticidas, ciertos fármacos y tecnologías ambientalmente agresivas se presentan como accesibles, aspiracionales o modernas. Lo que se rechaza en un lugar se celebra en otro.

Las consecuencias no tardan en aparecer: aumento de la diabetes, enfermedades cardiovasculares, cáncer, trastornos de salud mental; degradación del suelo, contaminación del agua y pérdida de biodiversidad. Los países que menos pueden afrontar crisis sanitarias y ambientales cargan con el peso. Las corporaciones obtienen beneficios en monedas fuertes. No es un accidente. Es un negocio.

Otra forma de veneno lento es la deuda. Bajo el discurso del “desarrollo”, préstamos e inversiones generan dependencia estructural. Se financian infraestructuras, pero gran parte de los beneficios regresan a contratistas y prestamistas extranjeros.

Cuando el pago se vuelve difícil, se imponen condiciones: recortes sociales, privatizaciones, apertura de mercados. El dinero entra brevemente. El control sale para siempre. La deuda no solo debilita economías; erosiona soberanías. El modelo dominante promueve el consumo como sinónimo de crecimiento. Se enseña que prosperar es comprar más, producir más, competir más. Pero las naciones con menos recursos no cuentan con redes de protección suficientes para absorber los daños sociales y ambientales que ese modelo genera.

Residuos electrónicos, desechos industriales, excedentes textiles de la moda rápida… gran parte de la carga ecológica mundial se desplaza hacia el sur. Mientras tanto, quienes más consumen imparten lecciones de sostenibilidad. La contradicción es evidente.

Incluso la ayuda exterior rara vez es completamente desinteresada. Con frecuencia llega acompañada de condiciones: adquirir determinados productos, contratar ciertos servicios, alinearse políticamente. Una parte significativa de esos fondos nunca abandona realmente el país donante; simplemente circula dentro de su propio sistema económico.

Así se consolida la dependencia. Así se consolida la influencia.

Pero quizá el daño más profundo no sea económico, sino psicológico. Dietas tradicionales, economías locales, sistemas comunitarios y saberes ancestrales son desplazados por estándares importados de éxito: crecimiento del PIB, consumo masivo, expansión corporativa.

A muchos pueblos no se les permite definir el progreso en sus propios términos. Se les invita —o se les obliga— a imitar, incluso cuando esa imitación erosiona su identidad y su equilibrio.

Cuando productos dañinos se venden como desarrollo, cuando la deuda reemplaza la dignidad y cuando la ganancia supera el valor de la vida humana, el lenguaje deja de ser neutral.

No todo intercambio es cooperación.
No todo crecimiento es bienestar.
No todo desarrollo es humano.

Las naciones pobres no necesitan caridad; necesitan equidad. No necesitan dependencia; necesitan autonomía. No necesitan imposiciones; necesitan respeto.

Mientras la riqueza siga fluyendo hacia arriba y el daño hacia abajo, el sistema seguirá siendo profundamente desequilibrado.

Y llamarlo “progreso” no lo vuelve menos violento.

El verdadero desarrollo no debería intoxicar a nadie. Debería sanar, fortalecer y dignificar. Quizá el cambio comience cuando nos atrevamos a cuestionar lo que damos por normal y a redefinir el progreso desde la conciencia, la justicia y la responsabilidad compartida.Con respeto y reflexión.

Pregunta final: Que entendemos realmente por progreso?

Patricio Varsariah
 

Lo que la vida me enseñó sobre vivir, perder y amar.

febrero 18, 2026


Con el paso de los años, algunas certezas se caen y otras nacen desde la experiencia. Este escrito no pretende enseñar, sino compartir lo que la vida, la pérdida y el amor me fueron revelados con el tiempo. Una mirada honesta, sin fórmulas ni promesas, solo presencia y aprendizaje.

Sobre la VIDA

La vida está llena de maravillas, alegrías, tristezas, penas, desafíos, victorias y pérdidas. Es tan completa y tan intensa que la forma en que atravesamos cada uno de esos momentos puede ayudarnos a crecer… o a rompernos por dentro. No hay un manual de instrucciones. Nadie conoce “la manera correcta”, porque no existe una única forma correcta de vivir.

El camino de mis padres no fue el correcto para mí. Tampoco lo fue el de sus padres para ellos. Entonces, ¿de quién se suponía que debía aprender?

Algunos no tuvimos maestros. La Universidad de la Vida no ofrece un plan de estudios claro. Algunos logramos recuperarnos de nuestros traumas; otros nunca lo hacen. Algunos tuvieron guías amorosos y aprendieron mucho. Otros fuimos dejados a nuestra suerte, y eso casi nunca resulta fácil. Aun así, aprendimos.

La vida es compleja. La mayoría no sabemos cómo manejar el estrés, afrontar conflictos, procesar pérdidas o comunicar lo que sentimos. La falta de herramientas emocionales terminó lastimando a muchos de nosotros. Hice lo mejor que pude con lo que tenía. ¿O no? A veces todavía no lo sé.

La vida es corta. Y, aun así, hay tanto por hacer y por aprender. Tanta vida por vivir. Lugares por conocer, experiencias por explorar, personas por encontrar. Lamentablemente, muchos nunca llegan a hacerlo.

Sobre la PÉRDIDA

La pérdida es inevitable. Nada es para siempre. Ni siquiera la vida. Ese es su orden natural: nacemos, vivimos y morimos. Lo sabemos, aunque a menudo lo olvidemos. Nadie se queda para siempre. Algunos se van demasiado pronto; otros permanecemos más tiempo. Pero todos partimos.

Durante mucho tiempo temí a la muerte y sufrí profundamente la pérdida de quienes amé. Hoy, aunque extraño sus presencias, ya no lamento como antes. Su tiempo aquí terminó. Ahora imagino que han pasado a otro estado, más liviano, sin dolor, en paz.
¿Qué habría que lamentar en eso?.0 Tal vez, solo la ausencia. Tal vez, solo el apego.
A veces pienso que les tomó toda una vida… y la muerte, para llegar allí.

Sobre el AMOR

El amor es un sentimiento. Son mariposas en el estómago, una calidez suave en el alma, dolor en el pecho y alegría en la sonrisa. No es solo romántico. No todos lo conocemos. Todos lo necesitamos, todos lo anhelamos, pero algunos pasamos la vida entera sin experimentar el amor verdadero.

Pasé muchos años buscándolo afuera, hasta que comprendí que el amor más auténtico siempre estuvo dentro de mí. Si alguien me lo hubiera enseñado antes, me habría ahorrado mucho dolor y muchas formas de abuso.

Me llevó toda una vida descubrir qué era realmente el amor y dónde habitarlo. Hice muchas cosas equivocadas por amor. Lo necesitaba, lo anhelaba, lo buscaba desesperadamente. Las personas no saben cómo tratarnos hasta que se lo mostramos. Esto es especialmente delicado cuando se trata del amor.

Durante mucho tiempo necesité que alguien me protegiera, que me cuidara, que me mantuviera a salvo. Nadie lo hizo. Hoy lo hago yo. Y descubrir que todo lo que siempre necesité estuvo dentro de mí… se siente profundamente bien.

Reflexión final.

A esta altura de la vida, hay días en los que siento que ya viví suficiente. Estoy cansado. He atravesado mucho. Y hay otros días en los que no puedo esperar a ver qué me depararán los próximos cinco o diez años. Me entusiasma el futuro. Me ilusiona usar todo lo aprendido para hacer del resto de mi vida algo mejor. Cada vez siento más esto último: una segunda oportunidad. No porque la vida sea más fácil, sino porque hoy la entiendo un poco más.

La lección más importante que aprendí es que nuestra vida es el resultado de nuestras decisiones. Cómo enfrentamos el estrés, las relaciones, los trabajos, las pérdidas, las personas. Cada elección nos trajo exactamente hasta aquí. No hay culpables. Así funciona la vida.

La vida está hecha para vivirla con amor, dar un paso paciente a la vez y recorrerla con una mente curiosa que nos invite a crecer. Porque, en un abrir y cerrar de ojos, todo puede desaparecer.

Si este escrito resonó contigo, quizá no sea casualidad. A veces no leemos para aprender algo nuevo, sino para recordar lo que ya sabíamos en silencio.

Con gratitud,
Patricio Varsariah.

 

El amor no basta cuando no se elige cada día.

febrero 15, 2026


Crecimos creyendo que el amor podía con todo. Que, si era real, sería suficiente. Pero con el tiempo, la experiencia —y a veces el dolor— nos enseña otra verdad: el amor importa, profundamente, pero no siempre alcanza. Este texto no busca negar el amor, sino devolverle su lugar real: como punto de partida, no como excusa para sostener lo insostenible.

El amor es poderoso, pero sin esfuerzo, respeto y constancia, se convierte en una carga, no en un vínculo. El amor puede ser real y aun así fracasar. Y dejar ir no significa que no haya sido verdadero.

Muchas personas crecen creyendo que el amor es lo más importante, que cuando dos personas se aman, todo lo demás se acomodará solo. Que el amor, por sí mismo, sabrá resolver malentendidos, silencios, distancias y heridas. Pero no siempre funciona así.

El amor es poderoso, sí. Puede unir, ablandar corazones y abrir espacio a la esperanza. Pero el amor, por sí solo, no es una panacea. No es lo suficientemente fuerte como para sostenerse sin cuidado, responsabilidad y presencia.

El amor va más allá de sentimientos y palabras dulces. Más allá de decir “me importas” o “no fue mi intención”. Más allá de buenas intenciones y disculpas vacías. Porque el amor sin acción es solo emoción. Y la emoción se desvanece cuando no se sostiene.

El amor es sacrificio, pero no sufrimiento.
No es una renuncia constante a uno mismo.
No es callar para evitar conflictos.
No es cargar con el peso de dos personas fingiendo que no pesa.

El amor verdadero requiere presencia.
Requiere escuchar, incluso cuando incomoda.
Requiere estar, incluso cuando es difícil.
Requiere constancia, no solo cuando todo fluye, sino también cuando se vuelve tenso, monótono o incierto.

Sin respeto, el amor agota.
Sin comunicación, confunde.
Sin esfuerzo, aísla.
Y sí, la soledad puede existir incluso donde hay amor.

Hay relaciones llenas de afecto, pero vacías de comprensión. Personas que se quieren profundamente, pero no logran escucharse, verse ni respetar sus necesidades. El amor sin comprensión puede sentirse cálido en la superficie, pero profundamente solitario en el fondo. Porque la verdadera conexión no depende solo de cuánto se siente, sino de cuán bien se comprende.

También existen vínculos donde el amor se dice con frecuencia, pero rara vez se demuestra. Una persona sigue dando, esperando que el amor enseñe al otro a cuidar. Pero el amor, por sí solo, no educa, no corrige y no vuelve responsable a quien no elige serlo.

Esperar indefinidamente desgasta. Y con el tiempo, quien da puede sentirse utilizado, vacío o resentido. No por falta de amor, sino por falta de reciprocidad.

La verdad es incómoda: el amor no garantiza crecimiento, ni cuidado, ni un espacio emocional seguro. Eso son decisiones conscientes, elecciones diarias. Requieren atención, voluntad y compromiso.

El amor puede abrir la puerta, pero no puede recorrer el camino por nadie. No puede llenar los vacíos que deja la negligencia, la indiferencia o el miedo. Y muchas veces, esos vacíos no gritan. Se manifiestan en promesas que se repiten y no se cumplen. En disculpas que pierden sentido porque nada cambia. En palabras bonitas que no encuentran respaldo en los hechos.

El amor suele ser más intenso al comienzo, cuando la atención es fresca y el esfuerzo entusiasma. Pero cuando la novedad se desvanece, el amor necesita algo más para sostenerse. Sin cuidado, empieza a agrietarse. Porque el amor no vive del recuerdo. Necesita alimento presente. Tiempo, intención, actos. Necesita ser elegido una y otra vez. El amor puede quedarse cuando el esfuerzo se va. Y entonces se vuelve pesado. Exigente. Desigual.

No porque el amor sea débil, sino porque nunca estuvo destinado a hacerlo todo solo. El amor no debería exigir que alguien se reduzca. No debería pedir silencio a cambio de paz. No debería sobrevivir a costa del bienestar interior.

Llega un punto en el que aferrarse ya no es amor, sino descuido de uno mismo. Y esa es una verdad difícil de aceptar: que el amor puede ser real y aun así no ser sano. Que puede existir y aun así necesitar ser soltado.

Dejar ir no siempre es ruidoso ni dramático. A veces es una aceptación silenciosa. Una elección de descanso en lugar de lucha. Un reconocimiento de que el amor debería sentirse seguro, no agotador.

El amor necesita cuidado, esfuerzo y responsabilidad compartida. Sin ellos, se vuelve inestable, pesado y doloroso de sostener. Como cargar algo que pesa más cada día, solo porque soltarlo parece aún más difícil.

El amor importa profundamente. Pero el amor, por sí solo, no basta.

Amar no debería doler de forma constante ni exigir la pérdida de uno mismo. A veces, el acto más honesto de amor no es quedarse, sino reconocer cuándo ya no alcanza y elegir la paz.

Si este escrito resonó contigo, compártelo. Tal vez ayude a otros a reflexionar, despertando la empatía, la creatividad y el pensamiento crítico. 

Patricio Varsariah.

 

Cuando dar deja de ser bondad.

febrero 14, 2026


Durante mucho tiempo confundí la bondad con el sacrificio constante. Decir siempre que sí, estar disponibles para todos, cargar con lo que no nos corresponde. Este escrito nace de una toma de conciencia incómoda pero liberadora: no todo dar es generosidad, y no todo agotamiento es virtud.

Asumía que ser buena persona significaba decir siempre que sí.
Sí a ayudar.
Sí a escuchar.
Sí a quedarme hasta tarde.
Sí a cargar con un peso emocional que no era mío.

Llevaba mi generosidad como una insignia de honor. En silencio. Con orgullo. Agotado. Y un día, me di cuenta de algo incómodo, pero revelador: no era amable, estaba agotado.

Hay una diferencia. Cuando dar se convierte en autodestrucción, aún se siente noble. Se elogia, se recompensa, se aplaude sutilmente. La gente te aprecia más cuando das. Confían en ti. Regresan. Pero nadie te advierte del costo oculto.

Nadie te dice que la generosidad sin límites se transforma lentamente en resentimiento. Que esa amabilidad constante termina volviéndose contra uno mismo. Que el agotamiento no siempre proviene del exceso de trabajo; muchas veces proviene de dar demasiado.

Lo aprendí a las malas. 
Di tiempo que no tenía.
Energía que no había recuperado.
Trabajo emocional que nunca ofrecí conscientemente. Y me repetía: “Así soy yo”. Pero no era cierto. Así era como había aprendido a ser.

Existe un mito silencioso: que dar debe doler para que cuente. Que el sacrificio es sinónimo de virtud. Que, si no cuesta, no vale. Y así damos hasta quedarnos vacíos. 

Luego damos un poco más. Nos sentimos culpables al descansar. Avergonzados de necesitar espacio. Incómodos al recibir. Y, sin darnos cuenta, confundimos el agotamiento con la bondad.

Esto fue lo que lo cambió todo para mí. Las personas agotadas no dan mejor. Dan con amargura. Con tensión. Con expectativas. Con un registro silencioso de lo perdido. Y eso no es generosidad. Es autodestrucción lenta.

El verdadero punto de inflexión no fue aprender a decir que no. Fue aprender por qué decía que sí.
A veces daba porque me importaba.
A veces porque quería que me necesitaran.
A veces por miedo a decepcionar.
A veces porque el silencio me parecía cruel.

Cuando vi esto, ya no pude dejar de verlo. No todo dar nace de la abundancia. A veces nace de la inseguridad. Y ese tipo de dar siempre te agota.

La regla por la que vivo ahora —la que me salvó— es simple y honesta: si dar me cuesta la paz, no es generosidad, es auto traición. Eso no significa que dar sea siempre cómodo. Significa que no debería vaciarte. Hay una diferencia entre el esfuerzo y el desgaste. El esfuerzo fortalece. El desgaste te erosiona lenta e invisiblemente.

Dejé de preguntarme: “¿Esto es lo correcto?” Y empecé a preguntarme: “¿Puedo hacer esto sin resentirme después?” Esa pregunta revela la verdad más rápido que cualquier moral aprendida.

Si este escrito resonó contigo, tal vez no sea casualidad. Compartirlo puede ayudar a otros a detenerse, a mirarse con más honestidad y a replantearse desde dónde están dando.

Gracias por leer, por sentir, y por atreverte a cuidar también de ti.

Patricio Varsariah.

 

Cuando lo común deja de ser normal

febrero 13, 2026


Vivimos conectados como nunca y, paradójicamente, cada vez más lejos de lo esencial. Este escrito nace de una observación serena —y necesaria— sobre conductas que las redes sociales han normalizado, pero que nos alejan silenciosamente de una vida auténtica, consciente y sentida.

Vivimos en una era donde la validación se consigue con píxeles y la aprobación con dos toques. Entre filtros y hashtags, hemos ido perdiendo el contacto con la realidad.

Las redes sociales no solo transformaron nuestros hábitos: también reescribieron nuestra forma de entender la vida, el éxito, el amor y el valor personal.

Estas son algunas de las normalizaciones que merecen ser cuestionadas:

1. Compararnos con influencers. - Compararse siempre fue un riesgo, pero hoy se ha vuelto costumbre. Medimos nuestras luchas reales contra versiones editadas de la vida ajena. Olvidamos que lo que vemos no es verdad, sino una selección. No estás atrasado: estás viviendo una vida real, sin filtros.

2. Abandonar el trabajo en nombre de la libertad. -  Se vende la idea de que dejarlo todo es libertad. Pero la verdadera libertad no es huir, sino encontrar sentido. A veces quedarse, crear propósito y dignidad donde uno está, es el acto más valiente.

3. Viajar como forma de validación. -  Viajar es valioso cuando nace del deseo de descubrir, no de exhibir. No viajes para escapar de la vida; viaja para comprenderla. La paz, muchas veces, habita en la quietud.

4. Medir el amor por regalos y viajes. - Hemos convertido el amor en una estética. Pero el amor verdadero no necesita demostrarse, necesita presencia. La lealtad silenciosa y los pequeños gestos no son tendencia, pero construyen lo que permanece.

5. Vender cada instante de la vida. -  Documentamos todo como si el silencio fuera insignificante. Y no lo es. Hay momentos demasiado sagrados para ser publicados: están hechos para ser vividos.

6. Confundir lujo con éxito. -  El éxito no se mide en precios, sino en paz mental. Algunas de las almas más ricas viven con sencillez. El lujo se desvanece; la satisfacción interior perdura.

7. Priorizar la foto sobre la experiencia. -  Salimos a ver el mundo y terminamos mirándolo a través de una pantalla. A veces, la mejor imagen es la que nunca tomamos porque estábamos demasiado ocupados sintiendo.

8. Cafeterías como escenarios. -  Antes eran espacios de conversación; hoy, decorados para contenido. No necesitas el rincón perfecto: una charla sincera y una taza de café real bastan.

9. Ajetreo y falsa productividad. -  Glorificamos el agotamiento y lo llamamos ambición. Pero la productividad no es movimiento, es sentido. Descansar también es avanzar.

10. Medir la felicidad en “me gusta”. -  Permitimos que números definan nuestro ánimo y valor. La alegría real no llega con una notificación: vive en la risa compartida y en la satisfacción silenciosa.

11. Consumo excesivo. -  Más cosas, más tendencias, más ruido. Y menos sentir. El minimalismo no es tener poco, es necesitar menos.

12. Cultura del ligue. -  La gratificación rápida reemplazó a la intimidad. Conectar almas requiere tiempo, valentía y presencia. Lo profundo no se desliza, se construye.

13. Fingir lujo para pertenecer. -  Se alquilan apariencias para encajar. Pero la autenticidad siempre sobrevive a la estética. Lo real no necesita escenografía.

14. Estándares de belleza irreales. -  Los filtros distorsionaron la mirada. Lo natural ya no parece suficiente. Y lo es. La belleza vive en la honestidad, no en la perfección.

15. Presión por “llegar” a los 25.- Un reloj invisible persigue a muchos. Pero la vida no es una carrera. Cada proceso florece en su propio tiempo.

16. Productividad frenética. - Todo debe justificarse, rendir, monetizarse. Pero eres un ser humano, no una máquina. A veces, no hacer nada es profundamente necesario.

17. Juegos de culpa entre géneros. - Competimos por el daño en lugar de sanar juntos. La empatía comienza cuando dejamos de señalar y empezamos a comprender.

18. Glorificar el agotamiento. -  Confundimos sufrimiento con fortaleza. Pero nadie puede dar desde un alma vacía. El verdadero éxito se siente liviano.

Un recordatorio silencioso: No todo lo común es normal. No todo lo viral es valioso. No todo lo que se muestra es verdad.

La vida más auténtica se vive con profundidad, honestidad y presencia, incluso cuando nadie mira.

A veces, la paz no se encuentra en compartir… sino simplemente en sentir.

¡Gracias por leer!

Patricio Varsariah.
 

Déjalos hablar: vivir con honestidad en un mundo que opina.

febrero 11, 2026


Vivimos rodeados de miradas, opiniones y juicios que no hemos pedido. Este escrito es una invitación a soltar la necesidad de ser comprendidos por todos y a elegir, con valentía, una vida honesta, incluso cuando el ruido externo nunca se apaga.

Aprender a vivir honestamente en un mundo que siempre tendrá una opinión es un acto de valentía silenciosa. Déjalos hablar. La gente siempre tendrá algo que decir sobre ti, sin importar cuán cuidadosa sea tu vida o cuán discreta tu forma de actuar.

Podrías andar de puntillas por la existencia, sin herir a nadie, pidiendo poco, y aun así encontrarte cuestionado, evaluado e incomprendido.

Algunas voces se hacen más fuertes cuando tienes éxito. Otras se convierten en susurros cuando fracasas. Y la mayoría opinará sobre tus decisiones sin siquiera haber estado nunca en el lugar donde tú estuviste.

A veces sientes que cada paso que das está siendo observado. Juzgado por personas que no conocen tu historia ni el peso que llevas. Solo entienden lo que quieren entender.

Cuando haces lo tuyo y te mantienes firme, te llaman difícil.
Cuando persigues tus sueños, dicen que eres poco realista.
Y cuando eliges la paz en lugar del caos, te acusan de rendirte demasiado pronto.

Es agotador descubrir que ninguna versión de ti será suficiente para todos. Hay días en que sus palabras resuenan más de lo que deberían. Las repites mentalmente y te preguntas, en silencio, si quizá tengan razón. Empiezas a dudar de tu voz, de tus decisiones, de tu valor. Y olvidas algo esencial: quienes más hablan suelen ser quienes menos saben lo que se necesita para ser tú. Ven la superficie y la confunden con la verdad.

Con el tiempo, una de las lecciones más duras se vuelve evidente: no puedes explicarte a todo el mundo. Ninguna honestidad evitará que te malinterpreten si ya han decidido quién eres en su mente.

Aprender a soltar la necesidad de ser comprendida/o duele, pero también libera. No todos merecen acceso a tu verdad. Muchas opiniones están moldeadas por miedos ajenos, frustraciones no resueltas y batallas internas que no te pertenecen. 

Lo que dicen de ti suele decir más de ellos que de ti. No todos los comentarios merecen tu energía. No todos los juicios merecen tu respuesta.

Vivir con esta consciencia no es fácil. Dejar de absorber cada voz externa lleva tiempo. Se necesita coraje para elegir qué palabras importan y cuáles no. Pero poco a poco comprendes que tu vida no está hecha para ser aplaudida. No estás aquí para adaptarte constantemente a una multitud que nunca estará satisfecha.

Siempre me ha sorprendido la audacia con la que algunos juzgan caminos que jamás se atrevieron a recorrer. Cuestionan la vida de otros sin detenerse a observar la propia.

Lo he vivido una y otra vez. Antes dolía. Hoy, está bien. Sé que puede que nunca aprecien mi trabajo ni mis escritos, y lo acepto. No todos están destinados a leer. No todos están destinados a reflexionar.

He aprendido a dejar de explicarme ante quienes ya decidieron no escuchar. Los dejo ir en silencio. Los dejo donde están y sigo adelante con mi corazón, mis palabras, mis escritos y mi verdad intactos.

Al final, la decisión es tuya. Puedes pasar la vida intentando encajar en expectativas que cambian constantemente, o puedes vivir con honestidad y dejar pasar el ruido.

La gente siempre tendrá algo que decir. Pero eres tú quien vive con tus decisiones, no con los ecos de los demás. Elige la voz que más importa. Elige la vida que se sienta verdadera. Elige la paz, aunque a veces se parezca al silencio.

Déjalos hablar. Nunca estuviste destinado a pertenecer a todas las opiniones.

Si este escrito resonó contigo, compártelo. Tal vez ayude a otros a reflexionar, despertando la empatía, la creatividad y el pensamiento crítico. 

¡Gracias por leer!

Patricio Varsariah.

 

El auto abandono silencioso.

febrero 9, 2026


A veces no es el mundo quien nos hiere, sino las pequeñas renuncias que hacemos para encajar, agradar o evitar conflictos. Sin darnos cuenta, vamos cediendo espacio interior hasta que ya no sabemos en qué momento dejamos de elegirnos. Este escrito es una invitación a reconocer esas formas silenciosas de auto abandono… y a empezar, poco a poco, el camino de regreso a uno mismo.

El auto abandono no suele presentarse como un gran sacrificio. Casi nunca hace ruido. A veces es un gesto tan pequeño que pasa desapercibido… hasta que el daño ya está hecho.

Muchas personas —personas como yo— ni siquiera reconocemos el patrón. Creemos que nos amamos a nosotros mismos, que simplemente somos “buenos” y nos preocupamos por los demás. Pero, en ese acto constante de entrega, nos vamos decepcionando en silencio, llamándolo bondad.

Te abandonas cuando permites que te degraden delante de otros porque te da más miedo incomodar que perderte a ti mismo. Cuando toleras bromas sobre tus inseguridades para no parecer conflictivo. Esa persona “divertida” que se ríe de ti no daña tu estatus social: erosiona algo más profundo, tu autoimagen.

Entiendo profundamente la culpa que aparece cuando decides dar un paso por ti. Es una sensación que conozco bien. El primer paso siempre duele, pero cuanto más lo practicas —cuando es necesario— menos doloroso se vuelve. Defenderte no es solo hablar, también es actuar. Y actuar empieza, casi siempre, de forma pequeña.

Si no quieres hacer algo que te están imponiendo, practica decir que no. Cuando alguien te utiliza, el enojo suele ser su respuesta. Y ese enojo, aunque incómodo, también es una señal: te muestra con claridad a quién debes empezar a poner límites, o incluso a quién debes alejar.

Nos mentimos con frases como “no es para tanto”. Pero tú y yo sabemos perfectamente cuándo estamos ayudando y cuándo estamos siendo usados. 

El auto abandono ocurre cuando eliges la comodidad de otros por encima de la tuya. Aunque se sienta como culpa, hay decisiones que deben tomarse. No puedes ofrecer lo que no tienes, y la comodidad interior es una de ellas.

Te abandonas cuando cambias autenticidad por aceptación. Encajar puede convertirse en el mayor sacrificio: no solo intentas pertenecer, renuncias a tu voz. Finges ser alguien que no eres. Eso ya no es solo abandono, es traición a uno mismo.

También ocurre cuando reduces tu opinión. Una de las formas más silenciosas en que me he mentido ha sido callar por miedo a ser diferente. Renunciar a lo que piensas no suele verse como autolesión, pero lo es. Es una manera de consolar a los demás mientras te niegas a ti, movido por el miedo al rechazo.

A la gente no le importa tanto la opinión como la coherencia que hay detrás de ella. Si lo que dices tiene sentido, no hay razón para esconderlo. Y si hoy no tienes la confianza suficiente, recuerda esto: puedes hacerte lo bastante fuerte para hablar incluso con miedo.

Te abandonas cuando te conviertes en quien otros prefieren que seas. Pero eres más de lo que creen, y más de lo que a veces tú mismo te permites ser. El amor propio también es saber dar un paso atrás cuando te descubres siendo menos de lo que eres y más de lo que otros necesitan de ti.

Escribir todo esto es más fácil que vivirlo. Cada palabra refleja una lucha personal. Amarse y priorizarse no es un acto de un solo día. No despiertas una mañana sabiendo poner límites, decir no y elegirte sin temblar. Es un proceso lento, imperfecto y progresivo. Mejoras en una cosa, luego en otra, y sigues creciendo… hasta que un día te das cuenta de que ya no te abandonas con tanta facilidad.

Tal vez el mayor acto de amor propio no sea un gesto grandioso, sino el momento en que eliges quedarte contigo. Incluso cuando tiembla la voz. Incluso cuando incomoda. Incluso cuando nadie aplaude.

Ahí empieza el verdadero regreso a casa.

Si este escrito resonó contigo, compártelo. Tal vez ayude a otros a reflexionar, despertando la empatía, la creatividad y el pensamiento crítico. 

¡Gracias por leer!

Patricio Varsariah.
 

Todos somos actores premiados.

febrero 8, 2026


Vivimos rodeados de sonrisas ensayadas, frases automáticas y gestos que no siempre dicen la verdad. En este texto no se busca señalar ni juzgar, sino detenernos un instante y mirar con honestidad aquello que casi todos compartimos, pero pocos nos atrevemos a nombrar: las máscaras cotidianas y las verdades que escondemos, incluso de nosotros mismos.

Sonreímos a familiares que no soportamos. Decimos “estoy bien” mientras por dentro algo se derrumba. Nos sentamos en reuniones fingiendo atención, mientras en silencio repasamos la lista de la compra o las preocupaciones del día.

Y aquí está la verdad que todos conocemos, aunque rara vez nombramos: sabemos que los demás también están actuando… y aun así seguimos con la función.

La vida se parece a una gigantesca obra shakespeariana cuyo guion no escrito repite una consigna clara: “No dejes que vean el desastre. Publicamos fotos felices cuando el alma está cansada. Aplaudimos a quienes envidiamos. Mostramos fortaleza cuando lo único que necesitamos es descanso.

Entonces surge la pregunta inevitable: ¿fingimos para convencer a los demás… o para no enfrentarnos a nosotros mismos? Probablemente ambas cosas.

Quizá estas pequeñas ilusiones, estas máscaras cotidianas, sean parte de lo que nos mantiene cuerdos. Por eso, la próxima vez que alguien diga “sé tú mismo”, tal vez merezca una sonrisa irónica. Porque, seamos honestos, casi nadie lo es del todo.

El propósito de compartir una verdad desnuda como esta no es impactar. Es revelar. Recordarnos que, más allá de la charla trivial y de las máscaras de cortesía, somos mucho más parecidos de lo que creemos. Esa es, tal vez, la mayor verdad de todas: compartimos los mismos miedos, las mismas esperanzas, las mismas preguntas sin respuesta. Y es ahí donde ocurre la verdadera conexión.

Si nos atreviéramos a soltar un poco la actuación y a compartir más verdades desnudas, quizá el mundo —y nosotros con él— se sentiría un poco más ligero. No para exhibirnos, sino para descansar de fingir.

Y ahora dime, en silencio si hace falta: ¿cuál es la verdad desnuda que llevas tiempo ocultando… incluso de ti mismo?

¡Gracias por leer!

Patricio Varsariah.
 

Aprender a quedarse: una reflexión sobre la vida y el tiempo.

febrero 7, 2026


Hay preguntas que no buscan respuestas inmediatas, sino presencia. Pensar en la muerte, a veces, no es mirar el final, sino aprender a habitar la vida con mayor conciencia. Este escrito nace desde esa pausa: una reflexión íntima sobre el tiempo, el deseo de quedarse, y la huella silenciosa que dejamos cuando vivimos con el corazón despierto.

No sabemos realmente cuándo sucederá la muerte. Ni cómo. Ni a qué edad. Desconocemos todas esas respuestas. Y cuando de verdad aceptamos esta verdad —que cualquier momento podría ser el último— empezamos a darnos cuenta de lo incierto y frágil que es cada instante.

Debido a esa incertidumbre, creo en vivir cada momento plenamente y con todo el corazón. No importa lo pequeño u ordinario que parezca un instante: merece ser vivido de una manera que ilumine el alma. Después de todo, este mismo momento que vivimos ahora podría ser el último. Ese solo pensamiento le otorga incluso a las experiencias más pequeñas una sutil y profunda importancia.

Pero hay otra pregunta que me asalta con más frecuencia que “¿cuándo moriré?”. Es esta: ¿cuánto tiempo quiere realmente vivir tu corazón?

Cuando pienso en mi adolescencia, recuerdo haberme sentido muy diferente. Cada vez que la vida me ofrecía algo doloroso o desagradable, algo para lo que aún no tenía herramientas emocionales, solía pensar: No quiero una vida larga. Solo quiero que termine pronto. No me importa. Estoy listo para cuando llegue.

Al recordar hoy ese pensamiento, a mis 75 años, desearía poder retractarme con delicadeza. Porque la persona en la que me convertí —y la persona que soy ahora— realmente desea vivir más. Sí, todavía no sé cuándo llegará ese momento final. 

Ninguno de nosotros lo sabe. Pero mi corazón ya no tiene prisa por irse. No estoy listo para despedirme de la dulzura de la vida. Quiero experimentar más de ella: los capítulos agradables e incluso los desagradables. Porque cada capítulo contiene algo valioso, si lo contemplo con delicadeza y reflexiono con atención. Todavía hay tanto esperándome: tantos libros que aún no he leído, libros con los que quiero sentarme y recorrer, dejándome llevar a lugares donde nunca he estado.

Quiero ver muchas películas, no solo por entretenimiento, sino para descubrir lo que esconden. Hay tanta música que aún no he escuchado, música que podría hacerme re-enamorarme de la vida.

Hay personas que todavía no conozco, historias que aún no he escuchado, seres humanos con hermosas imperfecciones que llevan con honestidad. Y hay lugares que no he visto, rincones del mundo que deseo visitar y guardar con cariño en mi bote de recuerdos. Hay… tanta vida.

Una vez leí que, antes de irnos de este mundo, deberíamos dejar algo: una creación que continúe viva incluso después de nuestra partida. El autor mencionaba tres ejemplos: una planta, un libro y un hijo. Pero creo que la creación puede tomar muchas formas. Cualquier cosa que siga dando, incluso en nuestra ausencia.

Esta idea resuena profundamente en mí. No porque quiera ser recordado. No porque desee que mi nombre sea conocido. Sino porque me reconforta pensar que algo que he creado pueda suavizar la vida de alguien, aunque sea un poco.

Si he plantado una semilla y creció frente a mi casa hasta convertirse en un árbol, y durante muchos veranos descansé a su sombra, o un pájaro encontró refugio en sus ramas, con eso basta: el propósito se cumple.

Si escribo un libro y un día alguien lo retoma en un momento difícil y se siente un poco menos solo, con eso basta: el propósito se cumple.

Quiero dejar, a través de mi página web —mi pequeño espacio donde digo libremente lo que pienso y siento— un intento honesto de ser un albor diferente en el mundo. Un albor basado en la reflexión, la presencia y la intención; que ayude, que tranquilice, que añada un poco de luz al mundo de otra persona.

Porque cuando una persona muere, sus obras terminan, excepto tres: la caridad, el conocimiento beneficioso y un hijo justo que reza. Este es el tipo de huella que espero dejar.

Eso es lo que mi corazón anhela ahora, en esta etapa de mi vida, donde deseo quedarme un poco más. Experimentar la vida plenamente. Estar aquí con los brazos abiertos y recibir con calidez todo lo que la vida me ofrezca, sea placentero o doloroso. Sentarme con cada experiencia, aprender de ella y permitir que añada un nuevo hilo a mi camino para convertirme en una mejor persona.

Agradezco cada día que me es dado. De verdad. Los días ordinarios, los días dulces, los días confusos y también los hermosos.

Y entonces me pregunto —con respeto y sin prisa—: cuando las personas piensan en morir, ¿piensan en el final… o en todo lo que aún desean vivir?

¡Gracias por leer!

Patricio Varsariah.
 

La verdadera moneda de la vida.

febrero 5, 2026



Vivimos persiguiendo números que prometen seguridad, éxito y estabilidad. Rara vez nos detenemos a preguntar qué es lo realmente indispensable y qué hemos estado sacrificando en el camino.

Este escrito no habla de dinero, sino de algo más básico, más frágil y más olvidado: aquello que hace posible la vida misma.

La verdadera moneda de la vida no es el dinero: es la supervivencia. A menudo me he hecho una pregunta simple, pero incómoda: Si todo lo que poseo desapareciera hoy, ¿qué necesitaría para seguir vivo?

La respuesta nunca ha sido el dinero.

Me he dado cuenta de que el dinero no es la moneda de la vida. Es solo una herramienta: útil, poderosa, pero vacía por sí sola. Las verdaderas monedas son la comida, el agua, el aire y la salud. Sin ellas, toda la riqueza se reduce a números sin valor.

No se puede comer dinero, beber riqueza ni respirar éxito.

Vivimos en una época en la que intercambiamos supervivencia por ingresos sin darnos cuenta. Veo a mi alrededor personas trabajando sin parar, ignorando su cuerpo, su paz y su entorno, con el único objetivo de ganar más. Después, ese mismo dinero se gasta en hospitales, medicinas y tratamientos para el estrés. Es dar vueltas en círculos, llamándolo progreso.

Sacrificamos la salud para ganar dinero y luego sacrificamos el dinero para recuperar la salud.

Lo que más me preocupa es la ligereza con la que destruimos los sistemas que sostienen la vida. Se contaminan ríos para obtener ganancias, se sobreexplota el suelo para producir más, se envenena el aire en nombre del crecimiento industrial. Y aun así hablamos con orgullo de desarrollo. El desarrollo que daña la supervivencia no es crecimiento: es un colapso aplazado.

El dinero puede dar seguridad, pero es una seguridad frágil. Una cuenta bancaria no protege de alimentos insalubres. Una casa de lujo no protege del aire tóxico. Un ingreso alto no garantiza la salud.

La verdadera riqueza es la capacidad de vivir sin miedo:
miedo a enfermar,
miedo al hambre,
miedo al agua y al aire contaminados.
Ya no creo que una vida rica sea la que acumula más dinero. Una vida rica es aquella en la que se puede comer alimentos limpios, beber agua potable, respirar libremente y despertar con un cuerpo sano y una mente en calma. Todo lo demás es accesorio.

La pregunta que permanece es esta:
¿Cuánto dinero es suficiente si ganarlo te cuesta el derecho a vivir bien?

Porque cuando la supervivencia se compromete, el dinero pierde su sentido. La vida no se negocia con cifras; exige condiciones. Y cuando las monedas reales desaparecen, ninguna riqueza puede volver a crearlas.

¡Gracias por leer!

Patricio Varsariah.
 

No nací apasionado: me volví constante.

febrero 4, 2026


Nos han repetido durante años que debemos “seguir nuestra pasión”, como si todos naciéramos con una claramente definida. Pero ¿y si la pasión no fuera un punto de partida, sino una consecuencia?

Este escrito es una invitación a mirar más de cerca la práctica, la constancia y ese proceso silencioso que, con el tiempo, transforma el hacer en sentido.

A cualquiera que haya notado la frecuencia con la que he escrito en estos últimos años podría parecerle que me apasiona escribir. Y no se equivocarían al asumirlo. Solo se equivocarían si pensaran que me encanta por naturaleza. Que crecí queriendo escribir desde pequeño. Nada está más lejos de la realidad.

Me encanta escribir porque he mejorado desde que empecé. Y seguí haciéndolo porque podía ver con claridad la diferencia entre quién era y cómo escribía entonces, y quién soy y cómo escribo ahora. No me apasioné por la idea de escribir, sino por el acto de participar en mi propia mejora.

Recientemente empecé a cuestionarme cómo y por qué la gente termina eligiendo su carrera. ¿Nacieron amándola? ¿Crecieron en entornos donde se practicaba? ¿O la encontraron por casualidad y la ejercieron durante tanto tiempo que, al mejorar, decidieron quedarse?

Creo que se puede amar cualquier cosa, pero para apasionarse lo suficiente como para querer dedicarse a ello, primero hay que aprender a hacerlo. No puedes apasionarte por aquello que aún no comprendes.

No soy un deportista apasionado porque no he practicado ningún deporte el tiempo suficiente como para ser bueno en él. No me apasiona la fotografía porque no la he practicado lo bastante como para percibir los matices que otros sí han aprendido a ver.

He leído que otros también reflexionan sobre esto. Hay poca evidencia de que la mayoría de las personas tengan pasiones preexistentes esperando ser descubiertas. En cambio, parece funcionar mejor dominar algo excepcional y valioso, y luego usar esa ventaja para orientar la vida laboral hacia direcciones que resuenen.

En lugar del consejo tradicional de “persigue tu pasión” —que suele ser vago e incluso frustrante, porque no todos han encontrado una pasión ni pueden vivir de ella— aparece otro más honesto: encuentra algo que valga la pena hacer y hazlo el tiempo suficiente como para volverte bueno. La satisfacción llega después.

No todo aquello que nos apasiona nos dará sustento. Pero dominar algo excepcional y valioso nos permite desarrollar intereses únicos que, con el tiempo, pueden volverse necesarios para el mundo. Quizás la forma más accesible de destacar en un entorno competitivo sea combinar intereses distintivos hasta crear algo que aporte valor real.

Muchas de las cosas que creemos amar no son un punto de partida, sino una consecuencia. Te gusta escribir porque llevas tiempo escribiendo y estás mejorando. Te gusta cantar porque lo practicas y se te da bien. Cualquiera puede apasionarse por algo si está dispuesto a hacerlo mientras mejora, durante el tiempo suficiente.

La pasión no es un don. Es una habilidad que se cultiva.

Quizás la pasión no sea el comienzo del camino, sino la recompensa silenciosa de no haberlo abandonado.

¡Gracias por leer!

Patricio Varsariah.
 

Elige Fuerza o Debilidad: No Hay Otro Camino.

febrero 4, 2026


Todos hemos enfrentado desastres, dolor y decepciones. Por eso me desconcierta la gente que siempre busca algo de qué quejarse. No hay mejor indicio de una mente débil que unirse a la autocompasión constante.

A veces quiero decirles: "No pueden vivir así, a la deriva, aceptándolo todo". Puedo simpatizar un rato, pero me alejaré. No puedo salvarte. Lo siento.

El mundo es duro. Tienes que ser fuerte. Simplemente, sé lo. No hay espacio para la debilidad. O fuerzas lo que quieres de la vida, o ves a otros hacerlo.

Tu primer instinto no puede ser derrumbarte. Llora si libera emociones reprimidas, pero levántate y sigue tu plan. Piensa en un atleta que cae en la última vuelta: un minuto de lágrimas, luego se levanta y gana.

La debilidad no es virtud. Hay fuerza en afrontar la vida con franqueza: "¿Esto es lo mejor que puedes hacer?".

Se nota la mente débil: creen que todo se les debe, se quejan y olvidan que solo se gana luchando. Paz, familia, riqueza o salud: si lo deseas con todo, lo consigues.

Mis cercanos se sorprendieron de mi recuperación rápida. "Si me pasa eso, me deprimo", me dijeron. Reí: no imaginan el dolor, pero no ando quejándome.

Nadie te enseña calma bajo presión, pero esa habilidad salva vidas. La diferencia entre tu vida actual y la soñada son días, semanas de intenso estrés. Amplía tu tolerancia al dolor. La vida ignora tus sentimientos: los arruina o complica. Sopórtalo sin perder ternura. Sé adaptable.

No hay día sin malas noticias: muertes, crisis, divorcios. El mundo siempre se desmorona. Si buscas lo malo, lo hallas por doquier. Por eso lucha. No domines tu mente —y tu vida— en pasividad. Decide qué hacer, leer, decir, creer, qué amigos conservar. De lo contrario, un día despertarás en una vida irreconocible.

Lo peor hoy es la pasividad. Siempre hay una opción. Aunque no la veas, haz algo. No decidir es que el mundo decida por ti.

Elige: fuerza o debilidad. Para la fuerza, enfócate en lo que TÚ puedes hacer y comprométete. La debilidad es fácil: cree en la injusticia y queja. 

Hoy, elige fuerza. Mañana, actúa. Tu vida te lo agradecerá.

¡Gracias por leer!

Patricio Varsariah.


 

Cuando avanzar es la solución.

febrero 4, 2026


El secreto es estar siempre en movimiento. No importa lo poco que sea. No importa lo que pase. No es ocupación, sino movimiento.

Pero la gente suele hacer siempre lo mismo: quiere que las cosas se hagan por completo sin dar el primer paso. Quiere consistencia sin siquiera intentar ser consistente. Quiere confianza sin completar tareas. 

Quiere desarrollar capacidad sin enfrentarse a lo que la abruma. Quiere superar su ansiedad social, pero no quiere salir más. Quiere confianza sin volverse primero confiable.

Y, sin embargo, la solución literal a casi cualquier problema que tengas es el problema mismo.

El analfabetismo financiero te mantiene pobre, así que tienes que aprender a manejar el dinero. Las inseguridades te impiden conservar a la gente, así que primero tienes que hacerte consciente y actuar de forma distinta a como lo hacías antes.

El problema es la solución. Pero no puedes resolver nada de esto sin esfuerzo, sin moverte. No puedes quedarte quieto esperando a que todo encaje, como si el universo —o alguien— te debiera algo.

Nunca me ha gustado la idea de esperar a nadie ni a nada. Muchas veces eso no es paciencia, es miedo o pereza disfrazados. La verdadera paciencia es mantener el ojo en lo que quieres mientras haces lo que está a tu alcance.

Nunca lo he entendido: ¿qué espera la gente? ¿Una mejor oportunidad? ¿Una mejor persona? ¿Un milagro?

Muchas cosas llegan sin que podamos controlarlas, pero lo que sí sé es que la vida atrae las bendiciones del esfuerzo. Cuando sabes que estás haciendo algo, tus expectativas se vuelven más firmes. Eso no solo te impulsa a trabajar más duro, sino que abre caminos que antes no veías.

No me importa lo que digan los demás. Ningún esfuerzo cae al suelo sin germinar. Puede que no produzca lo que esperabas, pero siempre pone en marcha una serie de movimientos inexplicables que elevan tu vida, aunque sea un poco.

Si puedes mejorar tu vida, aunque sea mínimamente, ¿no sería sabio hacerlo? ¿Acaso el progreso no sigue siendo progreso, por lento que parezca?

Cada vez que me quedé quieto demasiado tiempo, me arrepentí.

La mayoría de las oportunidades que llegaron a mi vida aparecieron porque me movía, incluso cuando parecía una tontería. A veces pienso: no tendría por qué estar aquí, podría haberme quedado en casa, cómodo, disfrutando del invierno. Nadie me presionó para salir; incluso hubo objeciones cariñosas. Pero no sé quedarme quieto.

Porque entiendo que moverse es lo único que puedo hacer para mejorar mi vida. Es la única forma de descubrir aquello que ni siquiera sé que me estoy perdiendo.

Si no estás haciendo nada, si no te estás moviendo, no solo estás detenido: estás retrocediendo. No importa lo pequeño del paso ni lo insignificante que parezca: muévete. Incluso cuando no sepas qué estás haciendo, acéptalo y sigue avanzando. Cuando tengas ganas, muévete. Cuando no tengas ganas, muévete igual. 

No importa cómo sea tu vida ahora mismo. Sigue moviéndote. Porque al final, moverse no garantiza llegar exactamente a donde imaginabas, pero sí asegura algo esencial: no quedarte donde ya sabes que no quieres estar.

¡Gracias por leer!

Patricio Varsariah.
 

Nadie vendrá a salvarte (y eso es una buena noticia)

febrero 4, 2026


A veces no necesitamos palabras que consuelen, sino palabras que despierten. No para herir, sino para recordarnos algo esencial: que la vida no espera y que nadie puede vivirla por nosotros. 

Este escrito no busca agradar ni suavizar la realidad, sino ofrecer una verdad incómoda que, si se acepta, puede transformarse en libertad. Léelo con calma, sin ponerte a la defensiva. No es un ataque: es una invitación a asumir tu vida con más conciencia, coraje y honestidad.

Una verdad que puede destrozarte o construirte. Y aquí va sin rodeos: ¡A nadie le importa! Aclaremos esto pronto: no eres lo suficientemente especial como para que el mundo se detenga por ti. Ni por tu dolor. Ni por tus sueños. Ni por tus excusas. La vida se moverá, con o sin tu permiso.

La vida siempre será vida. Desordenada. Injusta. Hermosa. Cruel. Aleatoria. Y lo que elijas hacer a largo plazo siempre depende de ti, por mucho que deseemos que alguien más lo decida por nosotros.

Todos seguiremos caminos diferentes. Algunos de tus amigos se harán ricos. Algunos seguirán siendo pobres. Algunos se casarán. Algunos no. Algunos tendrán hijos. Algunos nunca querrán tenerlos. Algunos se convertirán en personas que cambian el mundo. Algunos vivirán vidas tranquilas y pacíficas que nadie aplaudirá. Y sí, todos estarán observando.

Pero la verdad es esta: nadie cargará tu vida por ti. No de la forma en que crees. No de la forma en que te rescatará cuando estés atascado. No de la forma en que pausará sus vidas para arreglar las tuyas. Puede que la gente te aplauda cuando ganes. Puede que te compadezcan cuando caigas. Puede que chismeen sobre ti cuando estés callado.

Pero al final, volverán a casa con sus propias preocupaciones, sus propias facturas, sus propios desamores, sus propios sueños.

Nadie vendrá a salvarte. Y cuanto antes aceptes esa verdad, mejor para ti. Porque esperar a que te rescaten es una de las formas más silenciosas de arruinar la propia vida. Lo llaman paciencia. Lo llaman esperanza. Pero la mayoría de las veces, es solo miedo disfrazado.

Sí, puede que encuentres ayuda en el camino, y son muy importantes. Pero ni siquiera quienes te ayudamos pueden recorrer tu camino por ti. Solo podemos señalar, solo podemos apoyar, solo podemos tomarte de la mano por un rato.

¿Caminar? Esa parte es tuya.

Las decisiones que tomas cuando nadie aplaude, la disciplina que mantienes cuando nadie te ve, el coraje que reúnes cuando el miedo es más fuerte que la esperanza. Ahí es donde realmente se moldea tu vida. La forma en que eliges vivir depende totalmente de ti.

Ni de tus padres. Ni de tus amigos. Ni de la sociedad. Ni de las redes sociales. Algunos amigos te dejarán porque aparentemente ya no estás en su clase. No te vistes igual.
No hablas igual. No sueñas igual. Y de repente, ya no perteneces al mismo lugar. Algunos se quedarán, no por conveniencia, sino porque es genuino, y ambos te enseñarán algo.

Pero pase lo que pase, la vida continúa. No espera tu sanación. No se detiene ante tu confusión. No se detiene por el cansancio.

Los días seguirán pasando. La gente seguirá envejeciendo. Las oportunidades seguirán pasando. Estés listo o no. Incluso cuando mueras, la vida continúa. Sí, la gente te llorará. Sí, tus seres queridos te llorarán. Pero eso no les impedirá vivir sus vidas. El sol seguirá saliendo. Los días seguirán pasando. El mundo seguirá moviéndose.

Y es precisamente por eso que necesitas vivir tu mejor vida, plenamente, sin disculpas, sin esperar permiso ni el momento perfecto.

Porque nadie más puede vivirla por ti. Porque el tiempo que pierdes pensando en "después" es el tiempo que nunca volverá. Porque al final, lo único que importa es la vida que realmente viviste.

Por eso lo más peligroso que puedes hacer es vivir tu vida esperando permiso. Esperando aprobación. Esperando el momento perfecto. Esperando a que alguien finalmente note cuánto te esfuerzas. Porque la verdad es que el mundo no recompensa el potencial, recompensa la acción.

No responde a lo que "podrías ser", sino a lo que constantemente eliges hacer. Y esto no pretende sonar duro, pretende sonar liberador. Porque si a nadie le importa realmente como imaginabas... Entonces eres libre. 

Libre para fracasar sin vergüenza. Libre para volver a intentarlo sin disculparte. Libre para redefinir el éxito en tus propios términos. Libre para alejarte de caminos que no sientes como tuyos, incluso si les quedan bien a otras personas.

Tienes derecho a querer más. Tienes derecho a querer menos. Tienes derecho a cambiar de opinión. Tienes derecho a empezar de nuevo, en silencio, en voz alta, con torpeza. Simplemente no malgastes tu vida intentando impresionar a quienes están demasiado ocupados viviendo la suya como para vivir la tuya por ti.

Al final, cuando el ruido se desvanezca y la multitud desaparezca, solo te quedará una cosa: la vida que elegiste. Y eso, para bien o para mal, siempre será tu responsabilidad.

Y un día, cuando te canses de culpar a la gente, al tiempo y a las circunstancias, tal vez puedas ver esta verdad con más calma: la vida nunca te engañó. Simplemente te devolvió, con honestidad, el resultado de tus decisiones.

Si este escrito resonó contigo, compártelo. Tal vez ayude a otros a reflexionar, despertando la empatía, la creatividad y el pensamiento crítico. 

¡Gracias por leer!

Patricio Varsariah.
 

Cuando dejar de huir se vuelve sanación.

febrero 2, 2026


Por qué la única manera de superar el dolor es atravesarlo. Todos hemos pasado por eso: un desamor, un fracaso, una pérdida. Y casi instintivamente, alguien te dirá: "No le des vueltas. Mantente ocupado. Encuentra algo más para llenar el vacío". Y lo haces. Reemplazas a la persona. Reemplazas el sueño. Reemplazas el sentimiento. Tal vez con una nueva relación, un pasatiempo, un logro profesional o incluso horas navegando hasta que tu mente se adormezca.

Y sí, funciona... por un tiempo.

La emoción de algo nuevo es como poner cinta adhesiva sobre un espejo roto: oculta el daño, pero la fractura permanece.: oculta el daño, pero la fractura permanece. Cuando el reemplazo termina, y la mayoría lo hace, lo sentirás de nuevo. ¿Y luego qué? ¿Encontrar otro? ¿Y otro? Ese círculo vicioso puede durar para siempre.

¿Ese dolor sin resolver? No desaparece. Espera pacientemente, escondida en un segundo plano, hasta que la distracción se desvanece. Luego regresa, a veces incluso con más fuerza que antes.

Durante años, este fue mi patrón. Sentía el dolor del rechazo, la pérdida o la decepción y mi primer instinto era enterrarlo. Pensaba que eso era fuerza. Pensaba que sanar significaba seguir adelante rápidamente. Pero en realidad, solo estaba prolongando el dolor.

No puedes escapar de lo que no has enfrentado. Las distracciones pueden adormecer el dolor, pero no te enseñan lo que tu dolor intenta decir. Cuando nos saltamos la reflexión y vamos directamente a la distracción, no nos damos la oportunidad de comprender la herida, solo la estamos encubriendo.

Y con el tiempo, todos esos momentos sin procesar se acumulan hasta que te sientes abrumado por algo que no puedes nombrar. Fue entonces cuando comprendí que la mejor salida no era huir, sino seguir adelante atravesándolo.

No escapamos de la tristeza eludiéndola; la navegamos caminando directamente hacia su centro…, confiando en que eventualmente emergeremos al otro lado. Como una densa niebla en un paseo matutino, la única manera de alcanzar cielos despejados es seguir avanzando, paso a paso, lento y deliberado.

Escuchamos este consejo por todas partes: "Siente tus sentimientos. Acompaña tu tristeza". Suena bien... pero ¿qué significa realmente? Para mí, aprender a "acompañar" mis emociones significó reducir la velocidad lo suficiente como para notarlas en lugar de huir de ellas. Significó nombrar lo que sentía, notar cómo se manifestaba en mi cuerpo y preguntarme por qué había llegado en primer lugar.

A veces, significó darme permiso para sentir sin intentar solucionarlo de inmediato. Sin juicios, sin culpa. Solo espacio.

Porque esta es la verdad: nuestras emociones son mensajeras. Llevan historias de rechazo, de dolor, de sentirse excluido, de no ser elegido. Si no escuchamos, esas historias no desaparecen sin más. Encuentran otras formas de expresarse, a menudo a través de la irritabilidad, la frustración o una pesadez silenciosa que persiste.

La diferencia entre quedarse sentado y revolcarse. Seamos claros: sentarse con la tristeza no es lo mismo que ahogarse en ella. No significa quedarse en la cama durante semanas sin moverse ni aislarse por completo de la vida.

Se trata más bien de reconocer la tristeza sin dejar de vivir. La dejas existir sin forzarla, pero también te cuidas, tal vez escribiendo un diario, dando un paseo, practicando yoga, hablando con un amigo de confianza o haciendo algo creativo.

Algunos días, significa plantearle preguntas a tu tristeza: ¿Qué estás aquí para decirme? ¿Cuándo apareces más? ¿Qué necesito ahora mismo?

Otros días, es simplemente reconocer: cualquiera en mi situación se sentiría así. Tiene sentido. Ese tipo de autovalidación puede aliviar la vergüenza que a veces sentimos por no haberlo superado lo suficientemente rápido.

Para mí, el cambio ocurrió un día en que ya no podía distraerme. Recuerdo estar sentado en silencio, sin teléfono ni música, sintiendo como si me mirara directamente al espejo. Al principio fue incómodo, casi insoportable. Pero luego, poco a poco, algo se suavizó. Me di cuenta de que no solo estaba mirando el dolor. Estaba mirando la resiliencia. Estaba mirando la parte de mí que me había ayudado a superar cada capítulo difícil antes de este.

Ahora, cuando la vida me golpea fuerte, no me apresuro a pasar a lo siguiente. Me doy espacio para sentir, para hacerme preguntas y para dejar pasar las olas. A veces todavía busco alegría en pequeñas distracciones, un paseo por la naturaleza, pero las uso para apoyar mi curación, no para reemplazarla. Por qué esto importa

Evitar la tristeza puede parecer más fácil en el momento, pero solo dificulta el regreso. Sentirse con ella, incluso por solo 90 segundos, puede disminuir su intensidad. Y con el tiempo, esa práctica te hace más valiente.

Puedes llenar tu vida con un sinfín de reemplazos, pero nunca reemplazarán la sanación que te debes a ti mismo.

¿Qué pasaría si, en lugar de apresurarte a llenar el vacío, te permitieras una pausa?
Para: Sentir el dolor sin disculparte por él. Pregúntate qué sientes realmente y por qué.
Escucha lo que el dolor podría estar tratando de enseñarte. Reconstruye lentamente, con intención. No estás sola o solo en esto. Nadie tiene un pase libre de dolor en la vida. Cada uno de nosotros lleva consigo sus propias pruebas, diferentes formas, diferentes historias, pero igual de reales.

No es debilidad bajar el ritmo. Es fuerza. Porque enfrentarte a ti mismo requiere más coraje que correr. A veces, lo más valiente que puedes hacer es encontrarte con tu propio reflejo y decir: "Te veo. Te escucho. Y esta vez, voy a atravesarlo".

Si en mis palabras hallaste consuelo o un instante de reflexión, guárdalas contigo y deja que te sostengan en tu camino.

¡Gracias por leer!

Patricio Varsariah.

 

Elogio silencioso a la gente buena.

febrero 2, 2026


Con los años he aprendido a valorar y a incluir en mi admiración y respeto a las personas que son amables en un mundo cruel, recordándonos que aún hay espacio para la dulzura, aún hay espacio para corazones que se preocupan.

Poseen una empatía excepcional y hermosa, queriendo solo marcar una pequeña diferencia en un mundo que a menudo olvida.

Poseen inteligencia emocional, lo suficientemente firmes como para comprender sus propias heridas sin permitir que sus heridas hieran a otros, pensando antes de hablar, sabiendo que las palabras tienen el poder de sanar o de arruinarle el día a alguien.

Escuchan sin juzgar, porque saben que nunca nos ponemos en el lugar del otro, nunca comprendemos del todo la prueba de la vida que lleva otra persona.

Ven a las personas sin buscar la perfección, sino simplemente como son.

Abrazan las pequeñas cosas, sin agotarse persiguiendo lo que brilla, sino encontrando alegría en lo que ya existe.

Se detienen a observar los detalles más pequeños de la vida, la serena belleza de las cosas cotidianas que tan a menudo pasamos por alto.

Aman los libros, incluso los que no leen, teniéndolos cerca, respirando la comodidad de su presencia y el aroma de las páginas antiguas. Aman la poesía, esa magia inusual que envuelve la complejidad en tan solo un puñado de tiernos versos.

Se adentran en la naturaleza, en las montañas, en los árboles, en el verde, y dejan que el aire les bese la piel hasta que se sienten vivos de nuevo.

Se sientan con puestas de sol, té o café en mano, reflexionando sobre el día, preparándose para el mañana, consintiéndose con cariño. Observan las estrellas y la luz de la luna, reduciéndose el ritmo lo suficiente para sentarse con su propio desorden, recordándose a sí mismos: al menos es mío, y lo superaré.

Mantienen los recuerdos cerca, revisándolos de vez en cuando, atesorando los buenos, dejando espacio para los dolorosos y eligiendo los que vale la pena conservar.
No huyen de sus partes dolorosas. En cambio, se sientan con ellas, perdonándose, aprendiendo a ser amigos incluso del dolor.

Recuerdan las pequeñas cosas de las personas que aman, convirtiéndose en espacios seguros donde uno puede simplemente estar sin miedo. Mantienen vivo a su niño interior, encontrando alegría en las cosas más insignificantes. Desean ser recordados no por su perfección, sino por su bondad, por ser útiles, por ofrecer una mano, por ayudar, por estar presentes.

Sé que nadie es perfecto y sé que no podemos cambiar el mundo entero.
Pero sí podemos elegir quiénes somos en los pequeños círculos que habitamos, en los gestos cotidianos, en la manera en que miramos, escuchamos y acompañamos.

Podemos elegir la amabilidad, la empatía y la presencia, incluso en un mundo que a menudo las olvida.

Y si al leer estas líneas sentiste que algo de esto ya vive en ti, entonces sonrío en silencio: eres, sin duda, mi tipo de persona.

¡Gracias por leer!

Patricio Varsariah.


 

La música que vive en nosotros.

febrero 2, 2026


Nos encanta la música, ¿verdad?  Sí, no solo la que se escucha, la que se desliza entre los oídos y se asienta suavemente en el pecho. La que te hace mover los pies sin pedir permiso, la que te balancea los hombros antes de que tu mente pueda seguirles el ritmo.

Algunas canciones no suenan, así como así. Nos reconocen. Y de repente, nos movemos al ritmo, nuestros corazones asienten al ritmo de la letra, como si hubiera sido escrita solo para nosotros.

Estás de acuerdo conmigo, ¿verdad?

Pero dime, ¿con qué frecuencia escuchas la música que vive en tu interior?

Sí, esa. Es la música que surge cuando finalmente te quedas en silencio. La que zumba bajo tu risa, la que tiembla en tu silencio, la que se eleva cuando tu corazón empieza a hablar con sentimientos en lugar de palabras.

Lentamente, tu corazón encuentra un ritmo. Empieza a resonar con tu propia historia, tus esperanzas, tu transformación, el amor que llevas, el peso que has aprendido a soportar. Tus brazos se elevan, no porque intentes bailar, sino porque algo dentro de ti pide espacio.

Entonces ya no son solo tus brazos. Todo tu cuerpo empieza a saborear la música, cada respiración, cada dolor, cada tierna alegría, moviéndose en armonía.

Y ay... ¿cómo se siente? Se siente como volar. Se siente como ingravidez. Como flotar en cielos abiertos, rozando nubes que no exigen respuestas. Como entrar en un espacio sagrado donde no necesitas permiso para ser exactamente quién eres.

Aquí no te explicas. No editas tus sentimientos. No te apresuras. Existes, plena, honesta, tiernamente.

Así que diré esto, como un amigo que te da un empujoncito en el hombro: Pausa. Respira. Suéltalo. Ya sea que te pongas de pie o te sientes en silencio, deja que esa música interior suene. Déjala fluir a través de ti. Siéntela. Vívela. Saborea cada nota.

Porque a veces, la canción más hermosa, sanadora y reveladora del alma no es la que suena en tus auriculares, sino la que tu corazón ha estado componiendo desde siempre.

Creo que empezamos a experimentar esta música interior en el momento en que empezamos a vivir en aceptación de quienes somos, tal como somos. Cuando ofrecemos a los demás el espacio para simplemente ser, poco a poco aprendemos a ofrecernos esa misma gracia a nosotros mismos. Y lo más hermoso es que no necesitas nada más para experimentarla. No hay momento perfecto, ni lugar especial. Dondequiera que estés, ya es posible.

Mientras escribía esto, me vino a la mente una letra de " Conoce la luz de la luna " de Jack Johnson: "Bueno, puedes encontrarte con la luz de la luna, cualquier noche que quieras, te espera en tu propio jardín". Y creo que eso es exactamente lo que quería decir. La música ya está ahí dentro de ti, esperando pacientemente que la encuentres, que la sientas y que la disfrutes.

Quizá esta música interior comienza a escucharse con claridad cuando empezamos a vivir desde la aceptación de quienes somos, tal como somos. Cuando aprendemos a ofrecer a los demás el espacio para ser, sin exigir ni corregir, lentamente descubrimos cómo ofrecernos esa misma gracia a nosotros mismos.

Y lo más hermoso es que no necesitas nada más para escucharla. No hace falta un momento especial ni un lugar perfecto. Dondequiera que estés, ahora mismo, ya es posible.

La música ya vive en ti. No tiene prisa. Espera en silencio a que te detengas, a que escuches, a que te permitas sentirla. Y cuando lo haces, aunque sea por un instante, algo dentro se ordena, se aquieta… y recuerda quién es.

¡Gracias por leer!

Patricio Varsariah.

 

Diez lecciones aprendidas en 75 años: la sabiduría de las pequeñas cosas.

enero 31, 2026

Llegar a los 75 es fácil… bueno, al menos es fácil para mí decirlo. Es cuestión de genes, estilo de vida y pura suerte. Para mí, fue suerte. Si tienes la suerte de llegar a los 75 y eres consciente, puedes aprender a prosperar prestando atención a las pequeñas cosas de la vida, que son las más importantes.

Esto es lo que he aprendido hasta ahora sobre la vejez:

1.- La vejez llega lentamente, como una tortuga en cámara lenta, tan difícil de ver. Primero, la tortuga está tan lejos en el horizonte que no puedes verla. Luego empiezas a oír rumores sobre ella, notas que tus manos se ven viejas, y entonces un joven te llama señor o señora, y de repente te das cuenta de que eres viejo.

2.- Mi vida se ha desplegado como una flor en primavera, girando hacia el sol. Miren cómo crecen las flores del campo. No trabajan ni hilan. Sin embargo, les digo que ni siquiera Salomón en todo su esplendor se vistió como una de ellas. Somos más hermosos de lo que creemos, especialmente si aprendemos a ser simplemente nosotros mismos, como una flor. Para mí, en esta etapa de la vida, ha sido girar hacia el sol y convertirme en mi verdadero yo.

3.- No podemos medir cuándo comienza ni cuándo terminará la vejez. No existe un instrumento científico para eso. La medida más importante de los 75 no es un número. Es cuánto tiempo pasas en el aquí y ahora, con tu pareja, tu familia y tus amigos. Nadie, en su lecho de muerte, ha dicho jamás: «Ojalá hubiera pasado más tiempo trabajando hasta tarde o mirando Instagram.

4.- La vejez se trata de una pequeña cosa tras otra. No te obsesiones con las cosas grandes o te perderás tu vida, que siempre se centra en los pequeños detalles. El aroma de tu té favorito humeando en la taza. La sonrisa de tu pareja. Lo que sucede en cada momento.

5.*- Y apaga tu smartphone. Hace poco leí un artículo sobre la adicción de las personas mayores a sus teléfonos. En él, los jóvenes que visitaban a sus padres o abuelos tenían dificultades para conectar porque sus padres estaban constantemente en Facebook y TikTok. ¿Quién dice que las personas mayores son incompetentes con la tecnología? Somos adictos a esa bazofia, igual que nuestros hijos. Apaga la televisión y el smartphone y deja de intentar ser como tus nietos en lugar del anciano sabio que eres.

6.- Las personas con actitudes positivas hacia el envejecimiento viven unos 7,5 años más que aquellas con opiniones negativas. Y este beneficio a menudo supera factores como el ejercicio o no fumar, además las creencias culturales y la perspectiva personal afectan la salud y la longevidad.

7.- Las creencias positivas sobre la edad se vincularon con una mejor salud física, menos eventos cardiovasculares, mejor memoria y mayor resiliencia. Vivir con buen humor puede llevar a una vejez más sana y feliz. Y está respaldado por la ciencia. No soy muy partidario de la ciencia objetiva, porque la vida es subjetiva. Pero si me rompo el brazo, primero iré a ver a un traumatólogo, no a un acupunturista. Pero tendré pensamientos positivos sobre mi recuperación.

8.- Come bien, mantente en forma y mantén la calma. Lleva una dieta equilibrada, no bebas demasiado (o nada), relájate y ¡cálmate! No te tomes las cosas tan en serio. Déjate llevar, ayuda a tus vecinos. Te preguntarás: ‘Pero aun así moriremos; Todos moriremos, así que disfruta el momento y comparte el amor porque todos estamos en el mismo barco maravilloso.

9.- Deja ir. La vejez se trata de viajar cada vez más ligero hasta que, finalmente, nos liberamos de cargas. Nos hemos desprendido de todas nuestras posesiones, excepto del amor y la bondad. Y podemos partir plenamente vivos y conscientes del momento más extraordinario y místico que jamás viviremos. Será nuestro momento privado de exploración, cuando descubramos lo que nadie más sabe, lo que nadie más puede arrebatarnos. (Quizás haya un túnel con una luz blanca al final). Descubriremos el secreto más preciado de todos, y no podremos contárselo a nadie.

10.- Pienso en mi vejez como una película de aventuras sobre un anciano que niega su edad y que empieza a darse cuenta de que está en un viaje heroico, una búsqueda de iluminación en el momento más difícil de su existencia, ¡y cómo termina disfrutando al máximo! 

Es mi película, así que supongo que escribiré el guion e interpretaré el papel principal. La sabiduría que me acompañará al salir será la misma que me ha acompañado al vivir.

El mensaje que intento dejar es —vivir la vida y no solo sobrevivirla— es exactamente el tipo de semilla que, aunque caiga en silencio, termina germinando.

A veces un lector no comenta, no comparte, no escribe…pero algo se acomoda
dentro. Y eso ya es suficiente.

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¡Gracias por leer!

Patricio Varsariah.

 

Cuando la victimización reemplaza a la autoestima.

enero 28, 2026


Existen personas que, sin darse plena cuenta, convierten el dolor en identidad y la queja en refugio. No buscan tanto una solución como una mirada compasiva que confirme su herida. En ese intento por ser comprendidas, terminan justificando su inmovilidad a través del sufrimiento.

La victimización suele nacer de una autoestima debilitada. Cuando alguien deja de reconocerse capaz, valioso y digno, puede encontrar en el rol de víctima una forma inconsciente de protección: si soy frágil, no se espera nada de mí; si sufro, merezco atención; si fracaso, siempre habrá una explicación externa.

Pero vivir desde ahí tiene un costo profundo: se pierde la responsabilidad personal, se debilita la libertad interior y se posterga el crecimiento. La compasión auténtica no alimenta la dependencia, sino que impulsa a levantarse, a mirarse con honestidad y a recuperar la propia dignidad.

Acompañar con amor no significa reforzar el papel de víctima, sino recordar al otro —y a nosotros mismos— que siempre existe un espacio de poder interior desde el cual elegir, transformar y avanzar. Porque sanar no es negar el dolor, sino dejar de habitarlo como hogar permanente.

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¡Gracias por leer!

Patricio Varsariah.

 

Cuando el dinero no cambia a las personas… las revela

enero 23, 2026


Hoy me he hecho una pregunta incómoda pero necesaria:

¿El dinero cambia a las personas? ¿O más bien cambia nuestra forma de mirarlas cuando prosperan?

Durante mucho tiempo creí que el dinero no transformaba a nadie. Hoy creo algo distinto: no cambia la esencia, pero sí revela aspectos que permanecían ocultos, incluso para la propia persona.

Y, sin embargo, también es cierto que el dinero modifica conductas. No siempre por malicia, sino por adaptación. Cuando alguien asciende económicamente, su entorno vital cambia: sus espacios, sus hábitos, sus conversaciones. Y ese nuevo mundo puede entrar en conflicto con los vínculos del pasado.

No siempre te están evitando. A veces, simplemente buscan compartir con quienes viven realidades similares. No por desprecio, sino por afinidad. Porque hay experiencias que solo pueden comprenderse entre quienes ya las han vivido.

El dinero amplía las posibilidades. Y cuando lo hace, uno quiere habitar esas nuevas posibilidades con quienes pueden sostenerlas sin culpa ni incomodidad.

Es como aprender un nuevo idioma. Sin darte cuenta, comienzas a reconocer a quienes también lo hablan. Y cuando encuentras a alguien con quien puedes expresarte plenamente en esa lengua, deseas practicarla, profundizarla, crecer en ella. No lo haces para excluir a nadie. Pero tus antiguos amigos pueden sentirse desplazados. Y entonces aparece la culpa: ¿Hasta cuándo debes limitar tu crecimiento para no incomodar a otros?

No sorprendería que, con el tiempo, terminaras compartiendo más con quienes comprenden tu nueva etapa que con quienes permanecen en la anterior.

A esto se suma otra realidad poco reconocida: cuando alguien empieza a tener dinero, también comienza a cargar con expectativas ajenas. De pronto se espera que pague la comida, que cubra el transporte, que resuelva urgencias, que apoye económicamente a quien lo necesita. Nadie lo exige explícitamente, pero la presión está ahí.

Y así, sin darse cuenta, comienza a pagar deudas que nunca contrajo. A sostener necesidades que no le corresponden. A gastar en nombre de una lealtad mal entendida. Paradójicamente, quienes deberían ayudarle a cuidar su nueva estabilidad, terminan empujándolo —sin intención— hacia el desgaste.

Es doloroso aceptar que las mismas personas que un día te impulsaron también podrían contribuir a tu caída. No por maldad, sino por inconsciencia. Juzgamos con facilidad a quien cambia, olvidando que probablemente haríamos lo mismo si estuviéramos en su lugar.

Este escrito no busca justificar la indiferencia ni la soberbia. Pero sí invita a una honestidad incómoda: ¿De verdad creemos que seríamos tan distintos?

Cuando alguien comienza a enumerar todo lo bien que actuaría si tuviera dinero, suele estar más ocupado en demostrarse superior que en comprender su propia fragilidad. Porque, en asuntos financieros, solemos sobreestimar nuestra fortaleza moral y olvidar que compartimos los mismos miedos, inseguridades y heridas que quienes hoy criticamos.

Uno de los temores más profundos de quien recién prospera es volver a perderlo todo. Pocos miedos son tan intensos como el de quien ya probó la estabilidad y comienza a verla desvanecerse. Y ese temor suele crecer cuando la persona intenta ayudar a todos sin medida.

El miedo transforma la mirada: comienzan las dudas, las sospechas, el cálculo emocional. ¿Me llaman por cariño o por interés? ¿Están presentes por mí o por lo que tengo?

Ese desgaste interno erosiona vínculos. No porque la persona se haya vuelto fría, sino porque ya no logra distinguir la intención real del afecto. Y, cuando ha sido herida antes, aprende a protegerse incluso a costa de relaciones valiosas.

¿Los culparías?

Algunas personas sí se vuelven arrogantes cuando ganan dinero. Eso es innegable. Pero reducir todos los cambios a soberbia es una forma cómoda de evitar mirar más profundo. Quizás la reflexión más honesta sea esta: nadie nos debe nada. Si anhelamos abundancia, debemos construirla.

Y si alguien más la alcanza antes que nosotros, tal vez la tarea no sea juzgar su camino, sino observarnos con humildad y preguntarnos qué nos revela esa incomodidad.

¡Gracias por leer!

Patricio Varsariah.